Más barato que lo que está en oferta, es no comprar lo que no necesitamos

Es indiscutible que alimentarnos con productos ecológicos, es la mejor de las opciones. Libres de pesticidas son buenos para nuestra salud. Libres de cultivos agresivos son buenos para el medio ambiente. Pero también es cierto que muchas personas sólo pueden permitirse, actualmente, mantenerse a flote economizando en la cesta de la compra y los productos ecológicos, fuera de todas las consideraciones que avalen el que sea así, son menos baratos y por tanto inaccesibles para la economía media familiar. Pero también hay opciones intermedias sobre las que se debería poner el acento.
Debiera darse desde las escuelas y a través de campañas en los medios de comunicación in/formación para consumir y por lo tanto para comprar racionalmente, en base a nuestras necesidades reales, para aprovechar al máximo lo que compramos y para contribuir a cuidar el medio ambiente, escogiendo productos locales y de temporada con lo que también favoreceríamos el pequeño comercio, siempre a merced y en desventaja respecto de las grandes cadenas que diseñan nuestra alimentación y por tanto, de alguna manera, nuestra salud.

Pero en lugar de eso, los responsables gubernamentales nos exhortan a que  comamos alimentos caducados. No que dejemos de comprar sin ton ni son. No que no importe que no lo necesitemos o que no necesitemos almacenar tanto,  porque lo que nos sobre aunque el producto marque una fecha pretérita, si somos personas “concienciadas” frente al despilfarro de comida, ya nos lo zampamos que aquí lo que importa es que no fotografíen los contenedores repletos de alimentos… que eso da mala imagen en el exterior de la marca España. En vez de educarnos en ser racionales consumiendo, que es para lo que se deben aprovechar las crisis, para reflexionar y reinventar modos sostenibles de gestionar nuestras vidas, se nos quiere educar en que sin dejar de comprar-comprar-comprar, tengamos el puntito estético como para hacer desaparecer bellamente lo que nos sobra. Y para el capitalismo lo que no es bello, hay que esconderlo. Esconde la muerte, la locura, los michelines, lo “feo”…

Pues eso, compremos lo que necesitemos. Y compremos local y estacional  o ¿no es un placer reconocer las estaciones por sus productos? ¿o no es placer deshacer en tu boca esas frutas, verduras, dulces o lo que sea pero que sólo viene en una determinada época al año y por lo tanto tus sentidos no se quedan indiferente ante su sabor, su olor, su textura?. Como cuando sólo comíamos paella en domingo o cosas sencillas que sabían a manjares porque no estaban siempre ahí.

Lo denominan opulencia…. opulencia del todo a cien. Nuestros hogares, nuestras neveras tienen bastante de bazar.

En realidad son signos. Un sistema que te alimenta de signos en vez de significados. No somos lo que comemos. Somos lo que nos hacen aparentar que somos comiendo, vistiendo…

Y nuestra opulencia acaba  a menudo en la basura y entre la mayor de las indiferencias porque es mínimo el esfuerzo de conseguir en este mundo homogeneizado lo que queremos. Y si no tenemos dinero, accedemos a ello en modo réplica o de marca blanca y así todo pierde su singularidad y la nuestra.

No olvidemos que más barato que lo que está en oferta, es no comprar lo que no necesitamos.
(27 de enero de 2013)